Retrato de Gertrude Norton, de Sorolla, expuesto en la actualidad en el Museo Ramón Gaya
Tras el periodo vacacional y dentro de la sección «Obra invitada», el Museo Ramón Gaya abre su temporada con la exhibición temporal de un cuadro del pintor valenciano Joaquín Sorolla, obra procedente de una colección particular y que, al parecer, ha llegado hasta aquí de la mano del conocido restaurador y galerista Emilio Morales.
Se trata de un retrato, concretamente el que Sorolla realizó a Gertrude Norton en 1909. El cuadro ha sido instalado en una pequeña sala que hay al fondo del patio interior del edificio; por cierto, una sala con poca luz cuya oscuridad ha sido aprovechada, algo teatralmente, para presentar la obra, colocándola en la pared del fondo e iluminándola parcialmente con una luz de dirección contrapuesta a la de la propia obra. Para gustos…, las iluminaciones.
Que este cuadro sea la obra invitada del mes y que pueda ser contemplado en nuestra ciudad nos parece un acierto. Pero lo que no parece muy acertado por parte de los responsables de esta iniciativa ha sido su presentación a la prensa y su puesta en escena, una presentación en la que se ha destacado, como un extra que justifica aún más esta exposición temporal, «la conocida admiración de Gaya hacia Sorolla». O esto otro que se escribe en la web del propio museo: «La obra adquiere además un interés particular en el contexto del Museo Ramón Gaya por la atención que el propio Gaya dedicó a Sorolla. Gaya también definió la facilidad de Sorolla para la pintura como una “facilidad monstruosa”, que únicamente podía compararse, a lo largo de la historia de la pintura, con “la virtuosa precipitación de Frans Hals”».
Que nosotros sepamos, y hasta donde pudimos oírle, ni mucha «atención» ni tampoco una «conocida admiración» se produjo jamás en Ramón Gaya hacia la obra de Joaquín Sorolla, como sí se produjo, en cambio, por las obras de Eduardo Rosales o de Gutiérrez Solana. Es más, solamente escribe de él en su conocida «Carta a un Luis», de 1985, un texto dirigido a su amigo Luis Massoni en el que Gaya admite, efectivamente, que se trataba de un pintor con una «facilidad monstruosa», solamente comparable a la «virtuosa precipitación de Frans Hals». Pero, evidentemente, se trata de unos halagos utilizados para, acto seguido, rebajar su obra —que no sus apuntes y bocetos— y situarla muy por debajo de lo que aparentemente representa. «No comprendió —sigue diciendo Gaya en su escrito— que ese “exceso” era… un sobrante, algo que había que sacrificar». Ahora, fuese a sabiendas o no, quedarse únicamente con esas frases para, una vez sacadas de contexto, poder justificar la muestra del retrato, a cambio de no ser fieles al sentido de su escrito, no nos parece ni justo ni ético.
Igualmente, se habla en los medios gráficos de la oportunidad que se produce con esta visita para que pueda establecerse un diálogo entre la pintura de Sorolla y la de Gaya, sin tenerse en cuenta que eso que con tanta ligereza se dice en la actualidad sobre el supuesto diálogo entre las obras únicamente afecta al tema, es decir, a lo más intrascendente y temporal de cualquier obra con la suficiente sustancia como para tener vida propia.
Finalmente, si los responsables del museo consideran que esta obra de Sorolla debe ser expuesta en el propio museo —cosa totalmente razonable y hasta positiva—, al menos que la aprovechen para «explicar» in situ la aguda y profunda mirada crítica de Gaya sobre el arte, la creación y el propio Sorolla. Lo demás es ruido y humo, dos cosas demasiado alejadas de su pensamiento, de su obra y de este museo tan especial.
Juan Ballester

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