miércoles, 12 de junio de 2024

CARTA ABIERTA A NACHO RUIZ (CARTA, QUE NO TROLL)

Querido amigo Nacho:

 

Ante tu especie de llamada de socorro por el acoso que sufres de un deep hater del arte contemporáneo, varios amigos comunes me la han hecho llegar, seguramente pensando que se trata de mi humilde persona. Como entre nosotros, por esa vía que utilizaste, no existe amistad, es por lo que te escribo a través de esta otra vía, aunque, sinceramente me gustaría hacerlo frente a un café, al cual me encantaría invitarte; lo mismo que, como te dije un día y hoy reitero, también me gustaría retratarte, pues en última instancia eres alguien que forma parte de mi tiempo. Y además me interesas. Para terminar con tu “llamada de socorro”, yo creo que no deberías seguir aguantando ese sufrimiento. Dedícale un artículo en La Verdad, a ver si por fin La Verdad lo deja a él responderte con los mismos medios.

 

En cualquier caso y por si se tratara de mí, como comprenderás -bueno, por lo visto no lo comprendes-, me importan tres leches todo lo que huela a arte contemporáneo, pero lo que huela a arte contemporáneo vacío, de ese que necesita de teóricos y vendemuebles para poder llegar a algo, aunque sea a ocupar los espacios públicos y algunos salones de nuevos ricos despistados. Ahora, si, por ejemplo, se trata del arte contemporáneo de Ramón Gaya, sobre todo, si se trata de sus homenajes con copa y flores realizados a partir de los ochenta, sí que me importa y mucho.

 

Quiero con esto decir que la única diferencia entre tú y yo -me refiero a diferencia sustancial- se encuentra en los gustos y disgustos que nos provocan el arte y todas sus derivadas. En el fondo se trata de una persona que gestiona y comercia con el arte y de otra persona que le gusta opinar sobre lo que ve, nada más. Personalmente nos conocemos muy poco pero no siento deep hater alguno hacia ti más allá de tus responsabilidades públicas con el arte. Si la exposición que montaste en el Almudí sobre el centenario del Suplemento Literario de La Verdad, me pareció una gran oportunidad perdida, pues lo digo. Si dices que el Museo Ramón Gaya debe ser un espacio dedicado a los pintores de aquellos años primeros del siglo y, encima, haces comentarios públicos -o semipúblicos- en el sentido de decir que Ramón Gaya es un pintor comercial, pues déjame que yo pueda decir que no entiendo tu interés por ser director de ese Museo, a no ser que buscaras el funcionariado a toda costa. Si inauguras en tu galería una exposición de un artista y ese mismo día inaugura en un espacio público una exposición que tú comisarías, pues déjame que me parezca algo desafortunado -por no decir interesado- y que lo diga. ¿Acaso he hablado últimamente mal de algo tuyo privado? Pues que no te quepa duda de que el día que montes algo que me parezca estupendo, lo diré de la misma forma que digo lo contrario. Eso se llama libertad, la misma que tú tienes para decir lo que dices y hacer lo que haces.

 

Un abrazo, sincero.

 

Juan Ballester

jueves, 6 de junio de 2024

ÉTICAS Y ESTÉTICAS EN LA CULTURA MURCIANA

 

 

Llevamos mucho tiempo -los dirigentes del PP también- hablando sobre lo poco ético y estético que resulta que la señora de nuestro presidente Sánchez realizara movimientos empresariales privados valiéndose de su condición de esposa del máximo responsable del gobierno de nuestro país. Podrá o no podrá ser delito -lo desconozco-, pero, para cualquiera que no esté abducido por el grave peligro de extinción que supone la llegada de la extrema derecha, es evidente que las familias de los gobernantes deberían separarse de todo aquello que tenga que ver con un beneficio propio, cuando su obtención sea responsabilidad directa del familiar. Vamos, como con el caso del hermano de la presidenta Ayuso, para que hasta los abducidos puedan entenderme.

 

En otros niveles y con otras materias, creemos que algo parecido puede estar ocurriendo en nuestra región en el ámbito cultural. Todos sabemos que existen espacios, tanto públicos como privados, en donde los artistas pueden mostrar sus obras, como sabemos que los públicos están financiados con el dinero de todos, mientras que los privados se financian únicamente con sus propias ventas. Esas son las reglas del mercado y todos los galeristas saben perfectamente a lo que se arriesgan cuando deciden emprender esa actividad comercial.

 

Pero vayamos al supuesto comparativo poco estético en relación con la cultura, por muy contradictorio que nos resulte aquello de una cultura poco estética. Que el comisario de una muestra que se inaugura en un espacio público sea también galerista privado, no tiene nada de extraño o de inoportuno. Ahora bien, que ese mismo comisario sea también el dueño de una galería privada que ese mismo día inaugura una muestra con el mismo artista que inauguraba por la mañana en el espacio público, entonces ya empiezan a aparecer las faltas de ética y de estética. ¿Alguien no lo entiende? Por supuesto no es un delito, ni es corrupción -creo-, pero no deja de ser preocupante que nuestras autoridades políticas no cuiden este tipo de comportamientos, digamos... interesadillos y malolientes. Esta misma crítica sería aplicable, incluso, aunque se tratara del mismo Diego Velázquez el que expusiera, pues, máxime, cuando se trata de un simple artesano del 3D cuyo único justificante para exponer en una sala pública se encuentra en el tinglado filosófico/especulativo que lo ampara y en el pueril discurso/relato que lo acompaña.

miércoles, 15 de mayo de 2024

CARTA ABIERTA A MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ (A propósito de su conferencia: “¿Por qué no nos gusta el arte contemporáneo?”)

 

Miguel Ángel Hernández y María Ponce, poco antes de iniciarse la conferencia.

Estimado Miguel Ángel:

 

Posiblemente sería por el partido del Real Madrid en la Liga Europea -como repetidamente anunciaste-, o simplemente porque en la actualidad el arte no se lleva, pero, lo cierto, es que acudí a la Biblioteca Regional casi media hora antes para coger sitio y, al final, éramos cuatro gatos en la sala. ¿Por qué no nos gusta el arte contemporáneo?, rezaba el título de tu conferencia, aunque visto lo visto casi habría que rebautizarla como: ¿Por qué no nos interesan las explicaciones sobre el porqué de nuestro disgusto ante el arte contemporáneo? En fin, cosas peores veredes, amigo Sancho

 

Personalmente, como te dije, no es que me guste o deje de gustar, porque el gusto, como bien sabemos, es demasiado subjetivo y caprichoso; simplemente es que no me interesa en absoluto, de ahí que imperiosamente tuviera que acudir a esa cita tuya, precisamente para ver si existían algunas razones que recondujeran mi ya clásico desinterés por el arte autodefinido como contemporáneo. Digo autodefinido porque es muy paradójico que cien años después -década arriba o década abajo-, se siga haciendo lo mismo, exactamente lo mismo y siga llamándose contemporáneo. Algo así como si el arte -o sus teóricos- hubiesen encontrado la fórmula divina para eternizar su propio lenguaje. No querer ver que el urinario de Duchamp es idéntico -en lo esencial- con cualquier instalación de Marina Abramovic, por ejemplo, sólo está permitido a quienes viven en torno a ese viejo y gastado fenómeno artístico.

 

Claro, al utilizar el pronombre “nos” en el título, los que no hemos asistido a tus clases y tampoco te conocemos demasiado, en modo alguno podíamos saber de antemano si tu propia opinión se iba a corresponder con la de los que no les gusta el arte contemporáneo, ya que uno recuerda Intento de escapada como con cierta crítica a las performances y demás actitudes artistizantes. Por desgracia, pronto caeríamos de la parra y comprobaríamos que no era así, que todo se reconducía hacia una especie de autojustificación en negativo. En realidad, el título tenía mucho de retórico, pues no se llegó a explicar ese porqué a su rechazo más allá de los consabidos lugares comunes del “no os gusta porque no entendéis nada”. Es decir, se enumeraban casos que habían causado cierto revuelo mediático -por cierto, con alguna sorna por tu parte- para, finalmente, terminar diciendo que el que no entendía aquello era porque no había percibido lo importante que era el “relato”.

 

Desde luego una pena no haber llevado una grabadora, o, al menos, haber tomado algunos apuntes para haber ido rebatiendo ahora punto por punto -confundir realismo o figuración con realidad,  emoción con sentimiento, la fotografía como fuente de inspiración…- pero, vamos, evidentemente todo se iba conduciendo por el lado menos importante del arte, cual es su temática y su lenguaje: épocas, estilos, teorías…, o sea, exclusivamente por la función social del arte, como si todo acabara ahí, como si el arte, aparte de su utilidad, no fuese nada más, como si no supiéramos que el tema, en el arte, es una mera excusa. Es decir, que más allá del significado, está el significante.

 

Cuando al finalizar invitasteis a los asistentes a participar y expuse mis negativos criterios sobre la charla y para ello hablé sobre la creación, lo único que se te ocurrió preguntarme -seguramente como la mejor defensa que tenías a mano- fue: ¿quién dice eso?, con la única intención -creo- de llevar mis comentarios al terreno de las opiniones personales. Pues lo repito: el gran problema del arte contemporáneo es que no tiene obra, una obra carnal, viva, habiendo reducido toda su esencia al mensaje, al relato, al significado. Evidentemente, una desviación tan radical del hecho creativo, provoca rápidamente toda una corte de servidores del nuevo sistema: críticos, galeristas, medios de comunicación, historiadores, políticos, especuladores…, pero la gran mayoría de personas que no viven de eso termina desinteresándose, porque ya no se trata de ver y de sentir, sino de saber.

 

En fin, que el arte contemporáneo ha llegado para quedarse con uñas y dientes, mientras que el creador -como decía Ramón Gaya- ha vuelto a las cavernas. Por cierto, hablando de Gaya, si no lo has hecho ya, te aconsejo que leas “El sentimiento de la pintura”, pero no para que lo catalogues como una opinión más, sino para que lo intentes entender. Y cuando quieras seguimos hablando. Un abrazo:

 

Juan Ballester

sábado, 16 de marzo de 2024

¿ARTE EMERGENTE EN MURCIA? ¿QUIÉN LO DEFINE? ¿QUIÉN LO JUSTIFICA? Sobre “Seña”, muestra de Cristóbal Hernández Barbero en las Bóvedas del Almudí.



La verdad es que, a estas alturas, pretender que nuestros políticos tengan una idea clara y definida sobre el arte es bastante complicado, por no decir imposible, máxime cuando hasta el hecho creativo, algo tan aristocrático -pero no de sangre, sino de destino-, ha sido absorbido por el concepto cuantitativo de democracia. Entonces, cómo no vamos a entender que sobre las bóvedas del Almudí se expongan los trabajos de los llamados artistas emergentes. Y lo que haga falta. Hoy en día el artista que se lleva no nace, sólo se hace, o lo hacen.

 

En una de estas bóvedas y bajo el título de “Seña”, expone actualmente sus obras Cristóbal Hernández Barbero. Que quede claro de antemano el máximo respeto por nuestra parte hacia la persona y, por supuesto, con esta crítica sólo hacemos referencia a lo expuesto o a lo escrito, aunque, no estaría de más que el Comité Asesor de Nuevos Talentos, encargado por las autoridades para seleccionar a los artistas emergentes, definiera primeramente lo que entienden por emergente y, en segundo lugar, explicara las razones que han prevalecido para escoger a unos y no a otros de los posibles valores presentados.

 

La muestra está basada en una serie de planchas de plomo ensartadas sobre unos tubos de fontanería, a modo de banderas, las cuales han sido dispuestas boca abajo y apoyadas sobre las paredes del recinto. Algunas de estas planchas aparecen como manchadas de barro o de restos del suelo en donde, al parecer, el plomo fundido fue derramado en su día. Acompañando a estas obras aparece también un texto firmado por Pedro Alberto Cruz Fernández, texto que vendría a ser la clave principal de la muestra, el consabido relato, un texto explicativo para aquellos que lleguen a ver la exposición y necesiten traducción de lo que ven. Las obras en si, como obras, es decir, como eso que tiene que ver con el arte de siempre, nos han resultado bastante pobres y mudas, absolutamente vacías de sustancia. Ahora bien, si de lo que se trata con esta exposición es conseguir otra cosa, pues tampoco nos hemos enterado muy bien, de ahí que uno no tenga más remedio que echar mano de esa especie de “Piedra Rosetta” que supone el texto que la acompaña.

 

Pero sigamos. Dice en el mismo Pedro Alberto Cruz que si partimos del significado del título, es fácil llegar a un primer intento de comprensión conceptual (no sabemos si se refiere a que, si no lo entendemos a la primera, volvamos a intentarlo, o simplemente que se trata de un primer intento porque puede haber tantos como los que quieran intentarlo). Pues bien, como la palabra “seña” la RAE la define en primer lugar como “vestigio que queda de algo y lo recuerda”, el Sr. Cruz lo asocia a las huellas que han quedado marcadas al derretir el plomo líquido sobre un trozo de tierra, tanto del metal sobre el suelo, como del suelo sobre el metal. A partir de ahí, ese trozo de “paisaje”* estampado sobre el plomo, pasa a tener entidad y personalidad propias. Poco después dice que, entender la realidad como fuente en la que beber para producir arte, es una idea restrictiva, ya que el contacto, la relación táctil, visual, emocional…, también generan nuevas aperturas conceptuales…

 

Claro, claro, ahora lo entendemos todo. Entendemos que, para el Sr. Cruz, dejar caer cualquier materia sobre un trozo de suelo -e inevitablemente piensa uno en la materia intestinal-, nos puede generar una nueva apertura conceptual hacia el arte. Por fin entendemos por qué cuando llegamos a ver una exposición que no nos gusta decimos: ¡Vaya mierda!

 

Pero, para terminar un poco en serio, porque aún seguimos creyendo que el arte no tiene nada que ver ni con la broma, ni con la gracia -y nos referimos a la gracia del humor, no a la gracia divina-, que un teórico del arte pueda llegar a pensar que la realidad es una fuente más para beber de ella, cual el realismo o la figuración, es para nota. La realidad no existe per sé, la realidad es una convención, es todo y nada a la vez, es un “espacio” común en el que todos los seres humanos convergemos para entendernos, para retratarnos, para existir, para, simplemente, poder llegar a la Creación aquellos que el destino tiene reservados.

 

Juan Ballester.

 

* El paisaje no es un trozo de materia, como no es sólo células, o músculos, o huesos, un ser humano. El paisaje es un horizonte, un más allá, un destino por descubrir.

 

jueves, 29 de febrero de 2024

A PROPÓSITO DE “CRESCENDO” Y DE LA CRÍTICA DE ARTE EN MURCIA (Exposición de Ángel Haro en la galería Arquitectura de Barrio)

 

Obra de Ángel Haro expuesta en Arquitectura de Barrio


Debo empezar diciendo que no me gusta el arte abstracto. Bueno, en realidad no se trata de que me guste, o deje de gustar, pues ya sabemos que el gusto es algo totalmente personal, es decir, que no sale del ámbito de uno mismo. Se trata más bien de que no me interesa como arte, porque creo que no es arte, o, mejor dicho, que no es creación en su sentido más puro, en ese sentido en el que al hecho creativo se le introduce el concepto de vida como condición “sine qua non” para que pueda existir como obra plena. Ahora bien, como lo cortés no quita lo valiente, que no nos interese como creación, no quiere decir que no nos interese como trabajo, como producto, como estética, como arte “artístico”.


Viene a cuento esta introducción aclaratoria para decir que la actual exposición de Ángel Haro en la galería Arquitectura de Barrio, pues tampoco nos ha interesado sobremanera. Y no nos ha interesado porque no nos ha sorprendido, que es una de las cualidades que consideramos más importantes a la hora de valorar cualquier trabajo que tiene que ver con ese otro camino que el arte cogió a principios del siglo XX, un camino que abandonaba la tradición y apostaba por la originalidad. Desde luego Ángel Haro tiene mucho gusto estético, maneja muy bien el color, la composición, el ritmo visual, el mensaje, pero, ¡ay!, el problema de llegar a este tipo de experiencias estéticas -y sólo estéticas-, es que suelen tener el mismo destino que su origen: ser un simple instante, algo que nace y muere al mismo tiempo. Claro, en un arte que nace sin vocación de eternidad porque desprecia la realidad como vehículo de comunicación, ¿qué nos queda? Pues solo la sorpresa, su originalidad estética. Es verdad que en “Crescendo” encontramos una libertad sobre el perímetro de los cuadros, pero esa novedad tampoco es suficiente para producirnos, a estas alturas, la inevitable sensación de novedad, o de pasmo. La sorpresa, por tanto, viene a ser como ese extra que revaloriza este tipo de trabajos, digamos más artesanales, como son el diseño, la decoración, la jardinería y, en general, todas aquellas actividades que rozan la creatividad sin llegar a producir auténticas obras de creación.

 

Esto mismo pasa en la fotografía, en donde junto al tema, la luz y el lenguaje, existe un cuarto elemento que le suele añadir un plus de calidad, como es el factor sorpresa. Las fotografías abstractas de José Carlos Níguez Carbonell, serían el claro ejemplo de lo que planteamos: básicamente se trata siempre de una misma obra, como concepto, como tema, solo que cada vez que aparece una nueva imagen, nos llama la atención, nos sorprende por su incisiva originalidad y su gusto estético y compositivo.

 

Pero, al hilo de esta crítica a la exposición de mi amigo Ángel Haro, me viene de nuevo a la mente un tema que lleva mucho tiempo sin abandonarme: qué es una crítica de arte, así como sobre el lugar en nuestra sociedad que hoy en día tiene ese tipo de crítica. Creo que una crítica no es más que una opinión personal hecha pública. Algo así como si lo que cualquiera siente al mirar una obra, fuese traducido, ampliado y cantado a los cuatro vientos en ese mismo instante. Pero ojo, lo que se critica no es al autor, sino a sus obras, ya que partimos de la base de que, en arte, cuando las obras se firman y, sobre todo, cuando se exhiben, ya han iniciado su propia y solitaria carrera por el tiempo.

 

Y sobre el lugar que ocupa la crítica en nuestra sociedad, solo hay que mirar el número de las que hoy en día se publican. Que una exposición que pretende ser la exposición del siglo, finalmente quede en un pobre discurso sin sentido; que de una muestra se escriba en los periódicos únicamente sobre su tema -por muy feminista que sea- y no se pueda decir ni una palabra sobre que allí no hay ni una sola pincelada de pintura seria; que la Universidad de Murcia se dedique a premiar, un año sí y el otro también, a todo aquello que ya se hacía hace más de cien años; que la inteligencia artificial tenga el más mínimo hueco en unos espacios públicos reservados para el arte…, de todo eso, ¿para qué criticar?, ¿a quién puede interesarle la opinión de un tipo que parece saber más que nadie, cuando de lo que se trata es de comunicar a los cuatro vientos lo mucho que hoy en día se pinta y se fotografía y todo qué bonito?

 

Pero nos quedan las redes.

 

Juan Ballester

sábado, 3 de febrero de 2024

MIRADAS DESNUDAS (Araceli Reverte en la galería LaLuz)


Decididamente la visita a las exposiciones -léase también la contemplación de cualquier obra de arte- necesita de una soledad y de un silencio, no solo exterior, sino también y, sobre todo, interior. De un silencio, porque es a partir de esa actitud pasiva, receptiva, desde donde podremos encontrar la justa distancia que toda obra necesita. Pero una vez ahí, en esa especie de espacio neutro que se nos propone, es desde donde únicamente podremos llegar a oír lo que se nos dice; o lo que es lo mismo, podremos llegar a descubrir como nuevo lo que viene con nosotros desde el origen.

 

Incidimos sobre estas circunstancias del ambiente porque, qué distinto es visitar una exposición el día de su inauguración, a verla algunos días después, cuando las pasiones sociales han ido perdiendo su fuelle natural. Pues eso me sucedió, que decidí volver a la galería LaLuz una tarde de entre semana y justo en el momento que la luz del día comenzaba a declinar.

 

Desde fuera y antes de entrar, desde el trajín de la calle, uno mira hacia dentro y realmente solo ve un resplandor de luz. Y es que los cuadros de Araceli Reverte casi no se ven, tienen una especie de vaho, o de sustancia vaporosa, que parece disolverlos en ese espacio iluminado en el que se encuentran. Incluso, hasta los cuadros con tema más oscuro, parecen fundirse también en ese efecto casi fantasmal como de estar y no estar al mismo tiempo. Pero es que, se disuelven en la luz, decíamos, como Araceli Reverte, su autora, suele diluirse en el mundo que la rodea. ¿Acaso alguien duda de que cada una de estas obras tiene más de autorretrato encubierto, que de atrevido desnudo? Pues eso, formas de ser por encima del estar.

 

El tema principal de la exposición, esa excusa que los unifica como titular para ser mostrados, es el clásico desnudo femenino. Sí, en principio todo son desnudos, pero en realidad y más allá de lo que nuestros ojos y nuestra mente nos enseñan, se trata de miradas interrogantes hacia su propio desnudo interior, ese que antecede siempre al vacío del que necesariamente debe brotar la vida. En esta exposición -algo evidente-, no hay formas provenientes de una imagen, aquí solo hay miradas cómplices, preguntas y respuestas, es decir, un diálogo permanente con lo que se mira y lo que se ve. ¿Qué es la pintura si no eso?

 

En las obras de menor formato aparece el descaro, la valentía; en ellas se adivina una clara intención de búsqueda, como un grito para llamar nuestra atención. Pero es en los grandes formatos donde la autora parece encontrar una respuesta: sobre las decididas líneas de una cadera, sobre un blando vientre, sobre la sutil sombra en una espalda, sobre los luminosos espacios vacíos, sobre aquellas sombras que nos acechan pero que no nos impiden visualizar la vida que en ellos se encarna…

 

Juan Ballester

 




domingo, 21 de enero de 2024

SOBRE UNA CRÍTICA HECHA PÚBLICA (En torno a la actual exposición del Palacio Almudí)

 



Cuando uno va a ver una exposición, lo normal, lo saludable, es que la misma te haya interesado lo suficiente para poder tener un juicio crítico sobre aquello que acabas de ver. Primeramente, porque se te ofrece algo para ver -obvio- y, después porque se supone que lo has visto, es decir, que te has enterado de algo y, por tanto, que algo tendrás que decir o que opinar. Viene esto a cuento en relación con la crítica que publiqué hace unos días sobre la exposición montada en El Almudí en torno al centenario del suplemento literario de La Verdad y que fue titulada como “La Edad de Plata en Murcia” por su comisario y máximo responsable, el galerista Nacho Ruiz. He escrito “publiqué”, cuando debería haber puesto “que hice pública”, porque, la verdad -con minúscula pero también con mayúscula-, es que ningún medio de comunicación regional quiso hacerse eco de la misma al tratarse de una crítica relativamente dura, unos por no tirarse piedras en su propio tejado y, otros, por no tirarlas en el tejado ajeno. Pues eso, que no tuve más remedio que “hacerla pública” a través de este entrañable patio de vecinos que son las redes.

 

Ahora bien, que mi crítica tuvo algo de eco entre el mundillo artístico regional, no he tenido ninguna duda, porque algo me han comentado sobre la misma ciertas personas, algunas para decirme que pensaban parecido y otras para decirme lo contrario. Como tampoco tengo ninguna duda de que también la leyó el máximo responsable de la misma, el amigo Nacho. Y escribo “amigo” con toda la buena intención del mundo porque, más allá de tener una idea sobre el arte diametralmente opuesta a la suya, creo que siempre nos hemos saludado y tratado con la amabilidad y el respeto que ambos merecemos. Al hablar él en sus redes sobre la envidia que sienten algunas personas a propósito de esta muestra y otras muestras que está comisariando en la región, o al escribir en un artículo reciente publicado en su periódico habitual y a propósito de los dibujos de Ramón Gaya que se exhiben en la exposición del Almudí, que los datos de fechas puestos en las cartelas de las obras no se corresponden con los dibujos porque el propio pintor se “equivocaba” al ponerlos, pues no cabe duda que también nos leyó, o, al menos de que se enteró muy bien sobre algo de nuestra crítica, porque -hasta donde uno sabe- esos errores documentales solo los he visto publicados -o hechos públicos- en mi envidiosa y, al parecer, desinformada crítica de arte.

 

Desde luego, no ha ido uno allí a investigar la muestra como cuando lo hacía sobre algún cadáver, es decir, que no hemos profundizado en todos y cada uno de los datos que allí se exhiben, pero que una cosa son platos y otra fuentes, es de cajón; que el dibujo de Gaya con un gondolero no es del 43, sino del 53, es evidente y lógico; que la escena de carnaval y la pareja de huertanos bailando que pintó Luis Garay, no son de los años veinte, como rezan las cartelas de la exposición y del catálogo, sino de los años cincuenta, como ponen las fichas de los mismos en el Museo de la Ciudad y como escribiera sobre ellos el entrañable Elías Ros, es comprobable… En fin, sabemos que no se trata de críticas demasiado importantes, pero sí que demuestran una cierta chapucería, máxime cuando el propio comisario dice que, en una exposición, la mitad es el cariño y el trabajo con que se haga y la otra el discurso que se le dé a la misma. Aunque, entonces, ¿qué porcentaje habrá dejado este gestor cultural para las obras mismas?

 

Pero vayamos a la envidia que algunos sienten por sus éxitos profesionales y por su afortunado acaparamiento de encargos como gestor cultural. Desconozco la que sienten los demás y su grado de intensidad, pero sé muy bien de la propia en relación a esos temas citados: nula. A lo sumo, podría sentir precisamente lo contrario; es decir, cierta admiración, porque, entre otras cosas, sería incapaz de emprender este tipo de proyectos expositivos como los que actualmente tiene él. Y si es que hay algo de envidia en uno, lógicamente no está centrada en estos temas superficiales y anecdóticos como son los montajes de exposiciones, sino que más bien estaría en la autoría de las propias obras. Puestos a tener envidia, vayamos a lo sustancial.

 

Luego está el discurso, el relato, esas palabras tan retóricas y literarias, pero tan distanciadas de la esencia propia de las obras. Pues precisamente es el discurso que se le ha impregnado a esta exposición -el discurso y todas sus palabras, claro-, lo que nos parece tremendamente desafortunado. Ya hablamos en nuestra crítica anterior de algunas de las razones y no se trata hoy de reincidir. Para muestra un botón, o un teléfono. Y para discurso, el mismo de calificar la bonita, pero desubicada colección de dibujos de Ramón Gaya, como la más importante colección privada de dibujos del pintor… Hombre, ahí tendría que haber puesto: la más importante que uno conoce. Y así todo habría quedado un poco más abierto a la posible verdad del aspaviento.

 

Juan Ballester