martes, 23 de junio de 2026

DINÁMICAS CONTRADICTORIAS (A propósito de la exposición de Cristino de Vera en el Museo Ramón Gaya)

“Taza de luz y cesto con flores”. Obra de Cristino de Vera expuesta en el Museo Gaya.

 

La verdad es que, últimamente (bueno, en realidad desde que llegara el director actual), el Museo Ramón Gaya anda bastante dinámico y variado en su marcha como institución cultural pública. Junto a una mayor programación de actos de diversa índole, también habría que añadir el acertado acondicionamiento estético de sus salas o la reconversión de alguna de ellas, como, por ejemplo, la dedicada recientemente a la faceta de escritor del titular del museo; sumemos a esto la aparición de una nueva y muy necesaria señalética, haciéndose referencia a sus distintos periodos, tanto vitales como artísticos; la original utilización de las tres salas delanteras para mostrar la obra de Gaya (o la de sus amigos) a través de distintas exposiciones, reunidas más por una temática que por su fecha de creación; la continua visita temporal al museo de pinturas inéditas del titular, provenientes, en su mayoría, de colecciones privadas… Aunque ya puestos con esta serie de mejoras, a ver si más pronto que tarde se adecúa también la iluminación de las obras, pues no es concebible, a estas alturas, que puedas encontrarte con algunas parcialmente iluminadas, como sucede en varias salas del museo.

Sin embargo, en esta última andadura (tan positiva como necesaria), por desgracia también se están produciendo ciertas anomalías, abriéndose las puertas del museo a un tipo de obras que nada tienen que ver con la de Gaya, como tampoco con su especial posicionamiento vital e intelectual ante el hecho creativo, características ambas que, como todos sabemos, constituyen la propia base de esta institución cultural según consta negro sobre blanco dentro de sus propios estatutos fundacionales.

Actualmente, en la sala de exposiciones temporales de la planta baja puede contemplarse una muestra titulada “El taller del eremita”, del pintor Cristino de Vera. Esta muestra parece ser la contrapartida de otra con pinturas y dibujos de Ramón Gaya inaugurada recientemente en el museo dedicado a la obra del artista tinerfeño y ubicado en Santa Cruz de Tenerife. Muestras ambas que vendrían a ser algo así como el fructífero resultado de una serie de interacciones o intercambios entre diferentes museos unipersonales de nuestro país, consiguiéndose, de esta forma, que las obras puedan viajar y ser vistas en otros lugares.

Dinamismo cultural, amplitud de miras y eclecticismo militante, diálogos estéticos, relatos compartidos, universalización de las obras… Claro, visto así, analizado el intercambio de estas pinturas como una forma más de divulgación cultural dentro de un contexto general, en principio todo pareciera muy positivo e interesante, pero, ay, mucho nos tememos que, a nivel de filosofía y sentido de este singular museo de nuestra ciudad, se siguen sin tener muy claros sus fines y, sobre todo, su sentido último. Es verdad que las pinturas de Gaya viajan a Canarias, pero, ¿a qué precio? ¿O es que, con tal de que se expongan fuera, nos da lo mismo a nosotros exponer cualquier tipo de arte? ¿Acaso la respetable obra de Cristino de Vera, tiene algo que ver con la de Gaya? Evidentemente, no podemos justificarlas como similares hablando únicamente de temáticas compartidas, de estéticas del silencio o de poéticas al viento, es decir, de esa literatura impostada con la que en la actualidad se justifica hasta el mismo vacío. Evidentemente estamos hablando del sentido pictórico de la realidad y, desde luego, ambas obras resultan como el día y la noche para quien quiera (y pueda) verlas sin prejuicio o interés personal alguno.

No. Pensamos que trabajar con el legado cedido por Ramón Gaya a nuestra ciudad y para intentar que se comprenda realmente su significado, no se trata simplemente de llenar las salas del museo, ni de entretener a niños o mayores; no se trata de intercambios sin condición alguna, como tampoco puede tratarse del ¡¡cuánto se ha pintado y todo qué bonito!!, más propio de aplicados historiadores y grises gestores culturales ¿Para qué entonces su obra, su solitaria y sacrificada vida o sus escritos? Con Gaya se trata de la búsqueda de la autenticidad, de la verdad y de la vida en las obras de creación, ya sea en los museos más famosos del mundo, en los unipersonales del país o en las mismas “cavernas” en las que, actualmente, parecen haber vuelto a cobijarse los creadores más auténticos. Con Ramón Gaya no se trata del conocimiento, como tampoco del entendimiento; se trata del sentimiento, de la comprensión y, claro, de una fe.

Precisamente, una de las frases escritas por Ramón Gaya, con la que se ha querido ilustrar su pensamiento en la nueva sala dedicada a su faceta literaria, dice lo siguiente: “Seamos siempre en arte lo que en arte queremos y podemos. Cada día, pues, más exigencia, rigor y claridad con nosotros como artistas y con todo aquello que como artistas se nos relacione. Que podamos responder y siempre, de toda nuestra conducta artística; sepamos con seguridad y firmeza por qué y en dónde estamos; que nada, esto o aquello, debilite en nosotros obra, conciencia o destino.”

… Pues eso, que cada día más exigencia, rigor y claridad.


Juan Ballester


sábado, 21 de febrero de 2026

PALETISMO O MERCHANDISING (Sobre la nueva "escultura" del tatuador Ganga)

 


Habíamos sabido del tatuador Ganga y, sobre todo, de su actividad escultórica, cuando no hace mucho tiempo exhibió en el museo Ramón Gaya una interpretación escultórica de un cuadro del propio titular. Pues bien, hace unos días tambien se anunciaba, a bombo y platillo, la inauguración de otra “escultura” que regalaba a la ciudad de Murcia y que, en esta ocasión, había sido instalada delante de la Biblioteca Regional de Murcia.

 

En fin, hablar de que eso es una escultura y más en la ciudad de Salzillo, de Clemente Cantos, de Planes o de González Moreno, realmente suena a cachondeo, a pesar de que, poco a poco, la sinrazón teorizada trascienda toda lógica creativa: Escultura es todo lo que tenga volumen, ya sea en homenaje a los poetas o al 1.200 aniversario de la ciudad. ¿Y quién dice lo contrario?, como diría aquel.

 

Pero bueno, más allá del muñeco suspendido en el espacio y de la broma, ante esta nueva acción político/cultural nos surgen las siguientes dudas: ¿Para poder ser tenido como escultor en la ciudad de Murcia, sólo hay que ser famoso, aunque sea en cualquier otra disciplina? ¿Para poder instalar una escultura en medio de la ciudad, sólo tenemos que regalarla? ¿No existe ningun responsable, o adjunto al responsable, que pueda distinguir un ninot del David de Miguel Ángel?...

 

Realmente da mucha pereza tener que explicar la diferencia entre esa broma y una obra de creación, pero, es que, encima, la obra -según parece- ni siquiera está hecha directamente por él, sino que está realizada por un operario en un taller con impresoras en 3D o técnicas similares. Como, según parece también, la misma no es totalmente gratuita, sino más bien un intercambio de cromos, con tocomocho incluido: yo, afamado tatuador internacional y empresario textil, la pongo ahí sin que nadie me pague nada, pero, a cambio, en la base pongo el logo de mi marca de ropa y tatuajes y, de paso, monto en un espacio público una gala con la presentación oficial de mi ropa.


Claro que, al final, todavía debemos dar gracias porque no se le haya ocurrido a alguien instalarla sobre la fachada de Jaime Bort en Belluga. Teóricos para defenderlo y huevos para ponerla, nos sobran.




                                            El logo oficial de Ganga Tattoo Studio

miércoles, 28 de enero de 2026

UN FOTÓGRAFO DE VERDAD (Juan de la Cruz Megías en el Centro Párraga)

 

Espacio reservado a nuestro fotógrafo en la exposición Tutto Passa


Dentro de la exposición colectiva “Tutto Passa”, la cual puede verse en el Centro Párraga de Murcia hasta el próximo día veintiséis de febrero, nos encontramos en un “pico-esquina” de la sala de entrada con una veintena de imágenes realizadas por el fotógrafo murciano Juan de la Cruz Megías Mondéjar.

 

Es citar este nombre y a cualquiera que en esta tierra esté mínimamente interesado por la fotografía de autor, inmediatamente se le vienen a la cabeza sus fotos de boda, esos reportajes tan usuales de esta ceremonia y que suelen realizar -o solían- fotógrafos profesionales especializados. De hecho, los que ya peinamos canas, recordamos perfectamente a estos profesionales vestidos siempre de una forma elegante y acorde con la ceremonia que pretendían perpetuar, cámara en ristre y otra segunda con una óptica distinta, pero, ambas, equipadas con aquellos enormes flashes y su reflector de paraguas, cuyas pesadas baterías también se portaban colgadas al hombro.





En el caso de Juan de la Cruz, sus imágenes también obedecen al mismo tipo de patrón como fotógrafo de bodas. Incluso el mismo acabado de las fotos, en color y sin demasiado regusto por la perfección técnica y el lenguaje fotográfico, parecerían pertenecer a ese otro mundo más pragmático de la imagen y cuya función social se circunscribía al estrecho círculo familiar y poco más. Sin embargo, es su fina e irónica mirada lo que las convierte en uno de los documentos sociológicos más interesantes que conocemos. Es más, creemos que hasta la propia estética de las imágenes forma parte de esa historia tan particular que con ellas se pretende contar. Cartier Bresson revolucionó la forma de fotografiar en el siglo XX con tal fuerza y solidez, que aún son sus bases las que determinan la mayor o menor calidad de una imagen. De ahí que atreverse a salir hoy en día de estas bases y dedicarse a “contar”, sin recurso estético alguno, lo que uno mira y vive, necesita de mucha personalidad y, sobre todo, de mucho convencimiento en lo que se busca. Es por esto que consideramos el trabajo de este fotógrafo como algo distinto, como otra cosa diferente, seguramente como el verdadero y más profundo sentido de la imagen cuando es capaz de entregarse completamente a dejar testimonio de la vida y de la forma de ser de un pueblo frente a uno de los mayores hitos de su vida como son los matrimonios.


Juan Ballester





 

Juan Ballester

lunes, 19 de enero de 2026

VICENTE VIUDES EN LAS CLARAS (Unos juegos florales sin voz íntima)

 


En la sala alta de la Fundacion Cajamurcia (Las Claras), puede verse hasta el próximo día veinticinco de este mes una exposicion dedicada al pintor cartagenero Vicente Viudes, un artista del que tuve conocimiento por primera vez allá por los lejanos ochenta cuando me lo citó Ramón Alonso Luzzy utilizando la palabra "maestro".
Por tanto, los amantes del arte lo conocíamos, sabíamos de él, de su existencia, sobre todo a traves de este tipo de refencias y de algun que otro cuadro, pero no habíamos tenido referencias pictóricas suficientes para poder juzgar esa "maestria" hasta la muestra que le realizó el MUBAM en 2017 coincidiendo con el primer centenario de su nacimiento y, ahora, ésta de Cajamurcia comisariada por nuestro querido amigo Darío Vigueras.
La actual exposicion, creemos que basada -sobre todo- en fondos provenientes de colecciones privadas, aunque es totalmente oportuna y necesaria -el arte de nuestros artistas regionales debería ser expuesto de una forma recurrente con el objetivo de no ser olvidado y, de paso, poder ser valorado por las nuevas generaciones que no tuvieron esa oportunidad-, es totalmente oportuna, decíamos, aunque también pensamos que adolece de falta de informacion, sobre todo, en cuanto a sus fechas, algo que ayuda bastante a poder conocer y contextualizar el recorrido biográfico/pictórico del autor.
Pero, entrando en materia, a nuestro juicio esta pintura sobresale únicamente por su "personalidad", por su estilo, algo que es importante en el mundo del arte, pero no suficiente, ya que el estilo, de lo único que nos habla es de una forma externa de hacer. Claro, se puede tener mucho estilo, es decir, se puede ser muy constante en esa materialidad estética, pero jamás una adscripcion tan vehemente a las simples formas puede justificar una obra, por muy decorativa o famosa que nos parezca. Estas pinturas, tan luminosas, tan entretenidas como exóticas, tan clasificables en los estilos de moda de su época, carecen de profundidad, de sabiduria vital, de voz íntima, de trasfondo temporal..., sólo son unos entretenidos y hasta divertidos juegos florales.

Juan Ballester









lunes, 16 de junio de 2025

CARTA ABIERTA A DARIO VIGUERAS (Sobre la exposición de arte urbano: “De bárbaros a leyendas”)


Querido amigo Darío: Que tu doble exposición “De Bárbaros a Leyendas” está siendo todo un éxito, no me cabe duda alguna. Y esto no lo digo solamente por el enorme eco mediático que está teniendo, sino, sobre todo, por el numeroso público que las visita.  De hecho, jamás había visto en Murcia tanta gente agolpada en la puerta de un local para poder entrar el día de una inauguración, pero, además, es que era tal el número, que nos fue imposible ver la exposición ese mismo día. Es decir, a nivel personal, mi más sincera enhorabuena a ti, al director del MUBAM y a los responsables políticos que les corresponda. Si se trata de rentabilizar el arte con una masiva respuesta popular, no hay duda del acierto de la exposición. Pero, claro, como lo cortés no quita lo valiente, ahondemos en el fenómeno del supuesto éxito popular de la misma.

 

Desconozco si los nombres de los “artistas” expuestos son lo mejor del género (aunque, según lo leído, creo que por ahí anda el asunto), pero, supongamos que, los que muestran sus trabajos, componen una pléyade más o menos reconocida a nivel internacional. Pues bien, una vez vistas con detenimiento las dos muestras, seguimos sin encontrarle un verdadero sentido a estas obras, más allá de ese su origen urbano y de sus fines puramente cartelísticos. Evidentemente, tampoco se trata por mi parte de un rechazo apriorístico hacia este tipo de “arte” por su tamaño o por los mismos materiales utilizados como soporte. Sólo tenemos que pensar en los techos de la Capilla Sixtina para desarmar este argumento. Sin embargo y en relación a lo de callejero, estoy en absoluto desacuerdo en que se utilicen los espacios públicos para exhibirlos, algo que me parece un continuo atropello visual a las muchas personas que podemos tener otro gusto de la estética y de sus formas para mostrarse.

 

Ahora, cuando hablamos de no encontrarle sentido a estas pinturas, nos estamos refiriendo solo y exclusivamente a lo pictórico, a su posible valor pictórico, es decir, a las posibilidades reales de que esas pinturas puedan ser consideradas como obras de creación, más allá de su técnica, soporte, estética o mensaje. Pero, claro, con la iglesia hemos topado cuando uno intenta en estos tiempos hablar de la creación más allá del arte, es decir, de la estética. Por ejemplo, hoy en día, intentar decir que la imagen no es un arte, viene a sonar en los oídos del mundo contemporáneo como si dijeras que la creación artística tiene un origen masculino -que no de hombres-, o que el uso de cualquier energía limpia conocida, también contamina. Del sentido original del término “woke”, relacionado con un despertar de las conciencias hacia la injusticia racial, hemos pasado de la noche a la mañana a darle un sentido unificador y hasta dictatorial sobre lo “políticamente correcto”.

 

No Darío, en ninguna de todas esas piezas -como creo que tan acertadamente las denomináis-, aparece el más ligero atisbo de hondura, de misterio, de realidad viva y palpitante, de ahogo creativo…, en definitiva, de vida. Lo que sí aparece -y en demasía- son superficiales juegos estéticos que se mueven entre la triste y vacía copia de imágenes, con el uso y abuso de mensajes sociales justificativos y demás relatos. Sí, esa absurda trampa del reiterado y aburrido discurso de: “lo que pretendía al realizar esta pintada…”. Pero ¿qué contenido puede ser valioso si no habita previamente en un continente, si es solamente una idea sin cuerpo?

 

Hace unos días y para ilustrar la noticia sobre la próxima inauguración de un mural conmemorativo del 1.200 aniversario de la ciudad de Murcia -mural encargado al artista Lidó Rico-, aparecían unas imágenes en las que nuestro querido alcalde Ballesta metía su mano en un cubo con una sustancia que, al endurecer, permite obtener el vaciado de la misma. Es decir, una descarada copia escultórica con apariencia hiperrealista, o un nuevo engaño, como se prefiera; lo mismo que ver copiar en directo una imagen que lleva en la mano un señor, mientras el numeroso público asistente muestra unas arrobadas caras de asombro y admiración. Pues eso, una copia o una simple habilidad como justificantes del arte.

 

Por último, Darío, también quería dejar por escrito mi decepción a que una exposición como esta tuviera por sede el Museo de Bellas Artes de la Región de Murcia, o que las autoridades regionales se dediquen a potenciar y asumir el gasto de tanto “arte emergente”, mientras, año tras año, se ignora el más que reconocido arte murciano del siglo XX, estando ya, como estamos, con el primer cuarto del siglo XXI cumplido. En fin, que enhorabuena por lo que te incumbe, pero te aseguro que algunos seguiremos tercamente en la lucha por lo que de verdad nos importa, aunque tengamos que buscarlo de nuevo en las cavernas, como decía Ramón Gaya.

 

Juan Ballester

lunes, 9 de diciembre de 2024

MIENTRAS RULE NO ES CHAMBA (A propósito de la reciente mesa redonda sobre “un siglo de pintura en Murcia 1920/2020)

 

Cartel anunciador de la mesa redonda


Aunque a uno no le interesen determinados autores o propuestas artísticas, eso no impide que te puedan interesar los argumentos o las explicaciones que puedan dar al respecto esos autores o responsables de las mismas. Por ejemplo, puedes asistir a oír las entretenidas y cultas reflexiones de Carmen Cantabella sobre su trayectoria artística, así como las poéticas palabras de su presentador, Manuel Madrid y, sin embargo, pensar que estamos ante una obra sin valor pictórico alguno. Pensar y decir, claro está.

 

Pero, ojo, no se trata de maldad, ni de masoquismo; simplemente se trata de intentar reafirmar unas convicciones propias o, si se tercia, de intentar cambiarlas de sentido, si es que uno llega a convencerse para ello. Todo sectarismo, sin unos argumentos justificativos que lo avalen, creemos que es tan pobre y vacío como aquello otro que se pretende descalificar.

 

El jueves siguiente, la misma Real Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca, institución que había invitado a Cantabella, organizaba un nuevo acto en el MUBAM. En esta ocasión se anunciaba una mesa redonda para hablar -o dialogar- sobre “Un siglo de Pintura en Murcia 1020/2020”, con motivo de la publicación y la exposición en El Almudí que sobre ese trabajo había realizado el historiador Martín Páez Burruezo, a la sazón, presidente de la institución convocante. Junto a él, se encontraban los también miembros de la propia Academia: Esteban Campuzano, Juan García Sandoval, Pedro Manzano y Vicente Martínez Gadea.

 

En general y hasta donde uno pudo asistir, creemos que el acto podría haberse mejorado bastante. En una reunión con el tiempo tasado para hablar sobre todo un siglo de Pintura, creo que la idea de ir citando uno a uno a la mayoría de los artistas, sus cualidades, tendencias e influencias, virtudes estéticas, etc., etc., aparte de aburrir un poco, no consiguió nada más que impedir que se produjera el verdadero interés de la convocatoria, o sea, que el público asistente pudiera oír -si no participar también- en unas amplias y diversas reflexiones personales de los convocantes sobre todo ese largo proceso de nuestra historia, máxime cuando la de Murcia tuvo hacia los años veinte/treinta del siglo pasado un peso importante en el panorama cultural de la nación. Por cierto, qué manía con catalogar esa época como “La Edad de Plata del siglo XX” imitando con ello al gran gurú del arte actual en Murcia. ¿Cuál será entonces la de oro? Menos mal que Vicente Martínez Gadea debió percibir algo en las caras del público asistente y optó por obviar su lista y deleitarnos con sus propios pensamientos sobre la época que le tocaba exponer. Un acierto que se agradecía.

 

De Martín Páez, iniciador de ese innecesario desglose inventarial de artistas que se nos avecinaba, me gustaría comentar dos puntualizaciones que hizo en su introducción al acto como presidente de la Academia y, sobre todo, como responsable último del tema que se iba a tratar. Primero, cuando criticó -no sin cierta vehemencia- la postura de Ramón Gaya al descalificar en cierta ocasión la obra y la figura de Joan Miró. Hombre, aquello, no sólo sonó un poco fuera de lugar, sino que fue expuesto sin argumento o explicación alguna, más allá de un evidente y visceral rechazo a ese juicio del pintor murciano.

 

Es verdad que Ramón Gaya ridiculizó en más de alguna ocasión a Miró -por cierto, las que uno presenció, fueron bastante oportunas, inteligentes y con sentido del humor-, pero creo que lo hacía por derecho, es decir, de forma pública, que lo hizo desde siempre y, por supuesto, con argumentos. Aparte de por el conjunto de toda su obra -pictórica y literaria-, ¿nos puede parecer poco argumento el hecho de haber renunciado, con tan solo diecisiete años, a una prometedora carrera dentro de las vanguardias tras haber entendido, ya en 1927, que el camino del arte estaba equivocado y que de lo que se trataba era de la necesidad de volverse hacia El Prado para intentar retomar el “hilo perdido de la Pintura?

 

Y en segundo lugar y sin saberse muy bien por qué lo mencionaba en ese momento de su introducción, también vino a aclararnos que una cosa es lo que opina un artista sobre su arte, o sobre la mayor o menor importancia de su obra y, otra, lo que puede decir un historiador, alguien ajeno y distanciado a esa obra y cuya misión viene a objetivar datos, fechas, hechos, estilos, circunstancias, éxitos sociales…, o algo así nos dio a entender, creo. ¿Y?

 

¿Querría decirnos con eso el amigo Martín que un buen historiador no tiene por qué juzgar los valores intrínsecos y profundos de una obra de creación? ¿Acaso historiar el arte no es más que inventariarlo con una venda puesta sobre los ojos para no tener que mojarse? ¿No citaría como “Edad de Plata” al período de los años treinta, para no tener que devaluar el sentido último de su propuesta expositiva en la que prima el “cuánto se ha pintado y todo qué bonito”?

 

En fin, lo importante y principal es que nos encanta asistir a los actos de la Academia, sobre todo si de paso aprovechamos para volver a ver “Mientras rule no es chamba”, de José María Sobejano, con un tema tan murciano y un título tan metafórico sobre nuestra popular y algo cómica idiosincrasia.

 

Juan Ballester

sábado, 28 de septiembre de 2024

CUÁNTO SE HA PINTADO Y TODO QUÉ BONITO (Un Ciclo Pictórico Regional. Murcia 1930-2000)

 

Sala del Almudí con la exposición "Un Ciclo Pictórico Regional. Murcia 1930-2000.


Si de algo sirven exposiciones como la presente es, precisamente, para poder darnos cuenta de que nada tiene que ver el tocino con la velocidad. Me explico: Entra uno en El Palacio Almudí y en la Sala Municipal de La Glorieta con la idea de que va a revisar, a recordar o a valorar una época pictórica determinada, concretamente la de sus últimos setenta años y, desgraciadamente, te encuentras con un inventario de casi todos los pintores que de forma más o menos profesional se han dedicado a exponer en nuestra región, pero no como se indica hasta final del siglo XX, sino desde 1930 hasta 2024. Claro, como finalmente son tropecientos, se ha escogido únicamente un cuadro por artista, con lo que la visita, a la par que insustancial, también resulta bastante aburrida. Es algo así como cuando alguien te enseña, página a página, su colección de sellos o de billetes en un álbum. Estarán todos los sellos y todos los billetes, pero a partir de la segunda hoja, aquello nos resulta insufrible.

 

Decimos insustancial porque es imposible hablar de una época sin haber realizado, previamente, una buena selección, tanto de los artistas como de las obras de los mismos. El “Cuánto se ha pintado y todo qué bonito” que decía aquella señora amiga de Gaya, no es más que la demostración de que no se tiene una idea clara sobre el tema, ni por cantidad ni por calidad de las obras. Como meter en una misma época a Bonafé, Gaya o Gómez Cano, con mi querida amiga Carmen Artigas, es tanto como no tener un criterio claro sobre lo que se quiere. Y que conste que citamos a la pintora naif Carmen Artigas, como podríamos citar otros tantos de los allí representados.

 

Por cierto, si se trata de meter a todos los artistas plásticos, según parece, ¿por qué no están la fuentealamera Concha Martínez Barreto o el cartagenero Enrique Nieto Navarro, pongamos por caso?

 

Después, creemos que tampoco se han tenido muy buenos criterios para la selección de las obras representativas de los artistas. Por ejemplo, lo de Sofía Morales o lo de José María Párraga, cuadros ambos firmados por sus autores, pero que son muy poco representativos de los verdaderos valores de sus obras. Otra cosa habría sido que se hubiesen escogido a bastantes menos pintores y, de paso, haber expuesto más obras de cada uno y, a ser posible, intentando hilvanar, estética y pictóricamente, esa larga época de nuestra pintura regional.

 

Está claro que ser historiador del arte -profesión de nuestro también querido amigo Martín Páez, comisario responsable de la muestra- no es garantía alguna de acierto. Quien haya realizado la carrera de Historia del Arte en Murcia sabrá de lo que estoy hablando, pero, es que, aparte de los conocimientos sobre los datos, los estilos y las fechas, un comisario de arte debe tener, ante todo, unos criterios estéticos y hasta un gusto pictórico. El gusto que sea, el suyo mismo porque para eso es responsable, pero una muestra nunca debería ceñirse, únicamente, a un mero censo notarial.

 

Juan Ballester