martes, 27 de octubre de 2026

“OCURRENCIAS DE CAPILLA” (Con motivo de la muestra “Liturgia del Desecho” de Rafael Fuster)


 Vista parcial de "Liturgia del desecho".


Todo autor que a día de hoy pretenda construir una obra de arte a partir de la crítica sobre la pérdida de nuestra relación natural con el mundo, consecuencia de siglo y medio de existencia industrial, se encuentra ante una dificultad evidente: los recursos para expresar esa crítica han sido utilizados tantas veces que corren el riesgo de haber perdido su fuerza. Así, recurrir simplemente a materiales de desecho —ya sea acumulándolos, amontonándolos, colocándolos en cascada o adoptando cualquier otra forma de presentación— difícilmente basta para producir algo nuevo, incluso cuando esa elección viene respaldada por un discurso destinado a explicarla o legitimarla. La «ocurrencia», en el sentido que Gaya daba a este tipo de gestos, termina así convertida en una fórmula repetida, cuyo efecto no puede ser otro que el de una reiteración cada vez más tediosa.


Evidentemente, la idea no es nueva. Ni siquiera reciente. Hace más de cien años, durante las décadas de 1910 y 1920, dadaístas como Hannah Höch —de la que, por cierto, existe en nuestra región alguna que otra seguidora—, Raoul Hausmann o John Heartfield ya utilizaban fragmentos, objetos encontrados y materiales de desecho para cuestionar la sociedad industrial y de consumo.

 

A esto nos referimos al hablar del montaje “Liturgia del Desecho”, presentado por el artista Rafael Fuster en la capilla desacralizada del antiguo edificio de la Convalecencia, hoy sede del Rectorado de la Universidad de Murcia, una muestra programada por el anterior equipo rectoral. Un montaje que, pese a ciertos aires de impostada sensibilidad y su correspondiente manual explicativo, nos deja perplejos, no sólo por su falta de originalidad, sino también por su mismo contenido y continente. Y no porque se haya empleado el desecho como materia o como tema, ni, obviamente, porque seamos insensibles al problema que pretende denunciar, sino por algo mucho más elemental: por su evidente artificiosidad, algo que se nota hasta en la minuciosa y falsa colocación de los propios objetos de desecho utilizados.

 

Pero, llegados a este punto, lo verdaderamente preocupante no es lo que cualquiera que se declare artista pueda hacer con su obra, decir sobre la misma o presentar públicamente. En una sociedad donde el “relato” ha terminado imponiéndose a la obra y la imagen de la realidad a la realidad misma, eso entra dentro de las libertades de cada cual y, por tanto, de las posibilidades y desgracias de nuestro tiempo.

 

Lo preocupante, a nuestro parecer, es que el artista del que nos ocupamos sea el actual director del Museo Ramón Gaya, con todo lo que eso conlleva, no sólo por su evidente contradicción estética y creativa con la del titular del museo que dirige -Ahora entendemos ciertos giros expositivos que vienen produciéndose desde su llegada a este museo tan especial-, sino tambien con una falta de delicadeza y contención ante el también evidente abuso de poder que supone poseer un cargo público cultural en un determinado lugar y dedicarte, al mismo tiempo y de forma particular, al mundo de la cultura de ese mismo lugar. Y, por cierto, sin que sepamos, a día de hoy, qué necesidad o trayectoria justifica semejante exposición, ni qué demanda pública pretende satisfacer, más allá de a sus propios amigos, colegas o parientes.


Juan Ballester




Liturgia del Desecho

domingo, 25 de octubre de 2026

EL UMBRAL DE LA DESCONEXIÓN (Exposición fotográfica: En el umbral. El instante en que todo comienza)

"Sonoridad y empoderamiento", fotografia de María José Cárceles


Dieciséis fotógrafas acaban de inaugurar una muestra en el Centro Social de la Universidad de Murcia (Campus de Espinardo) titulada “En el umbral. El instante en que todo comienza”.

 

Participan Aíta Salinas, Ana Bernal, Ceci Vellio Romera, Erika López Cano, Gia Antonella Chávez Parada, Gloria Nicolás, Inma G. Pardo, Julieta Varela, Magdalena García Fernández, María José Cárceles, María José Puche, Marian Calero, Pepa González, Pilar Morales, Teresa Arnal y Teresa Martín.

 

De entrada, me gustaría comentar que el texto que nos recibe y que, al parecer, presenta la muestra como un preámbulo, resulta un tanto desconcertante: nos habla de lo obvio, pero en modo alguno explica por qué se ha organizado esta exposición y, mucho menos, por qué se han seleccionado estas imágenes y estas autoras, en femenino. Que la vida exige valentía, que supone emprender caminos y vencer dificultades —como decíamos—, es una obviedad; pero pensamos que no justifica por sí mismo la exposición, como tampoco la exclusiva selección de participantes mujeres. Es más, para intentar entender el mensaje, uno termina recurriendo inevitablemente a otra obviedad: seguramente se refieren a la valentía de la mujer para dar el paso e integrarse plenamente en ese mundo tan masculinizado que nos envuelve. Supongo que debe de ser por eso. No lo sé.

 

Si se trataba de buscar una excusa para reunirlas y animarlas a seguir «dando el paso», pues que se reúnan cuantas veces quieran: para eso hemos conseguido entre todos saber lo que es la libertad —o acaso la semilibertad—. Pero, si se trataba de presentar la exposición en sí, es decir, de dar un contexto común a los significantes y significados de todas esas imágenes, confesamos que hemos salido como entramos: en blanco. O, mejor dicho, en negro, pues salimos con el mismo vacío de la llegada, pero ahora sin la luz de la esperanza con la que uno entró. Aunque, ahora que lo pienso, quizá hayamos salido en gris, ya que, al menos, nos iluminó ligeramente el destello de la sorpresa con la magnífica fotografía “Sonoridad y empoderamiento”, presentada por María José Cárceles.

 

Personalmente, también nos gustaron las fotografías de Aita Salinas y Ana Bernal, unas imágenes con una temática “autosuficiente”, es decir, que no necesitaban de un contexto mayor para tener su propio principio y fin. Las demás nos interesaron menos, precisamente por tratarse de miradas sin un “horizonte” que las sitúe, lo que no quiere decir que carezcan de interés o de calidad. Lógicamente, nuestro juicio se basa en nuestra propia concepción del sentido último de la imagen, que consideramos ante todo documental, pero, en nada, estético o conceptual.


En resumen, opinamos que estamos ante una muestra bastante deslavazada, sin un hilo conductor claro, ni un motivo temático que la justifique. Y, por supuesto, nos resistimos a pensar que su presentación pública se fundamente en una injustificada y obsoleta reivindicación femenina, pues eso acabaría convirtiéndola en una nueva «manifestación machista», claro, si es que entendemos ese término como la expresión más elocuente en la actualidad para calificar cualquier exclusividad de género.

Juan Ballester


Vista general de la sala de exposiciones





domingo, 13 de septiembre de 2026

¿SOROLLA CON GAYA? (O cómo no se debe pintar)

Retrato de Gertrude Norton, de Sorolla, expuesto en la actualidad en el Museo Ramón Gaya


 

 Tras el periodo vacacional y dentro de la sección «Obra invitada», el Museo Ramón Gaya abre su temporada con la exhibición temporal de un cuadro del pintor valenciano Joaquín Sorolla, obra procedente de una colección particular y que, al parecer, ha llegado hasta aquí de la mano del conocido restaurador y galerista Emilio Morales.

Se trata de un retrato, concretamente el que Sorolla realizó a Gertrude Norton en 1909. El cuadro ha sido instalado en una pequeña sala que hay al fondo del patio interior del edificio; por cierto, una sala con poca luz cuya oscuridad ha sido aprovechada, algo teatralmente, para presentar la obra, colocándola en la pared del fondo e iluminándola parcialmente con una luz de dirección contrapuesta a la de la propia obra. Para gustos…, las iluminaciones.

Que este cuadro sea la obra invitada del mes y que pueda ser contemplado en nuestra ciudad nos parece un acierto. Pero lo que no parece muy acertado por parte de los responsables de esta iniciativa ha sido su presentación a la prensa y su puesta en escena, una presentación en la que se ha destacado, como un extra que justifica aún más esta exposición temporal, «la conocida admiración de Gaya hacia Sorolla». O esto otro que se escribe en la web del propio museo: «La obra adquiere además un interés particular en el contexto del Museo Ramón Gaya por la atención que el propio Gaya dedicó a Sorolla. Gaya también definió la facilidad de Sorolla para la pintura como una “facilidad monstruosa”, que únicamente podía compararse, a lo largo de la historia de la pintura, con “la virtuosa precipitación de Frans Hals”».

Que nosotros sepamos, y hasta donde pudimos oírle, ni mucha «atención» ni tampoco una «conocida admiración» se produjo jamás en Ramón Gaya hacia la obra de Joaquín Sorolla, como sí se produjo, en cambio, por las obras de Eduardo Rosales o de Gutiérrez Solana. Es más, solamente escribe de él en su conocida «Carta a un Luis», de 1985, un texto dirigido a su amigo Luis Massoni en el que Gaya admite, efectivamente, que se trataba de un pintor con una «facilidad monstruosa», solamente comparable a la «virtuosa precipitación de Frans Hals». Pero, evidentemente, se trata de unos halagos utilizados para, acto seguido, rebajar su obra —que no sus apuntes y bocetos— y situarla muy por debajo de lo que aparentemente representa. «No comprendió —sigue diciendo Gaya en su escrito— que ese “exceso” era… un sobrante, algo que había que sacrificar». Ahora, fuese a sabiendas o no, quedarse únicamente con esas frases para, una vez sacadas de contexto, poder justificar la muestra del retrato, a cambio de no ser fieles al sentido de su escrito, no nos parece ni justo ni ético.

Igualmente, se habla en los medios gráficos de la oportunidad que se produce con esta visita para que pueda establecerse un diálogo entre la pintura de Sorolla y la de Gaya, sin tenerse en cuenta que eso que con tanta ligereza se dice en la actualidad sobre el supuesto diálogo entre las obras únicamente afecta al tema, es decir, a lo más intrascendente y temporal de cualquier obra con la suficiente sustancia como para tener vida propia.

Finalmente, si los responsables del museo consideran que esta obra de Sorolla debe ser expuesta en el propio museo —cosa totalmente razonable y hasta positiva—, al menos que la aprovechen para «explicar» in situ la aguda y profunda mirada crítica de Gaya sobre el arte, la creación y el propio Sorolla. Lo demás es ruido y humo, dos cosas demasiado alejadas de su pensamiento, de su obra y de este museo tan especial.

Juan Ballester


martes, 23 de junio de 2026

DINÁMICAS CONTRADICTORIAS (A propósito de la exposición de Cristino de Vera en el Museo Ramón Gaya)

“Taza de luz y cesto con flores”. Obra de Cristino de Vera expuesta en el Museo Gaya.

 

La verdad es que, últimamente (bueno, en realidad desde que llegara el director actual), el Museo Ramón Gaya anda bastante dinámico y variado en su marcha como institución cultural pública. Junto a una mayor programación de actos de diversa índole, también habría que añadir el acertado acondicionamiento estético de sus salas o la reconversión de alguna de ellas, como, por ejemplo, la dedicada recientemente a la faceta de escritor del titular del museo; sumemos a esto la aparición de una nueva y muy necesaria señalética, haciéndose referencia a sus distintos periodos, tanto vitales como artísticos; la original utilización de las tres salas delanteras para mostrar la obra de Gaya (o la de sus amigos) a través de distintas exposiciones, reunidas más por una temática que por su fecha de creación; la continua visita temporal al museo de pinturas inéditas del titular, provenientes, en su mayoría, de colecciones privadas… Aunque ya puestos con esta serie de mejoras, a ver si más pronto que tarde se adecúa también la iluminación de las obras, pues no es concebible, a estas alturas, que puedas encontrarte con algunas parcialmente iluminadas, como sucede en varias salas del museo.

Sin embargo, en esta última andadura (tan positiva como necesaria), por desgracia también se están produciendo ciertas anomalías, abriéndose las puertas del museo a un tipo de obras que nada tienen que ver con la de Gaya, como tampoco con su especial posicionamiento vital e intelectual ante el hecho creativo, características ambas que, como todos sabemos, constituyen la propia base de esta institución cultural según consta negro sobre blanco dentro de sus propios estatutos fundacionales.

Actualmente, en la sala de exposiciones temporales de la planta baja puede contemplarse una muestra titulada “El taller del eremita”, del pintor Cristino de Vera. Esta muestra parece ser la contrapartida de otra con pinturas y dibujos de Ramón Gaya inaugurada recientemente en el museo dedicado a la obra del artista tinerfeño y ubicado en Santa Cruz de Tenerife. Muestras ambas que vendrían a ser algo así como el fructífero resultado de una serie de interacciones o intercambios entre diferentes museos unipersonales de nuestro país, consiguiéndose, de esta forma, que las obras puedan viajar y ser vistas en otros lugares.

Dinamismo cultural, amplitud de miras y eclecticismo militante, diálogos estéticos, relatos compartidos, universalización de las obras… Claro, visto así, analizado el intercambio de estas pinturas como una forma más de divulgación cultural dentro de un contexto general, en principio todo pareciera muy positivo e interesante, pero, ay, mucho nos tememos que, a nivel de filosofía y sentido de este singular museo de nuestra ciudad, se siguen sin tener muy claros sus fines y, sobre todo, su sentido último. Es verdad que las pinturas de Gaya viajan a Canarias, pero, ¿a qué precio? ¿O es que, con tal de que se expongan fuera, nos da lo mismo a nosotros exponer cualquier tipo de arte? ¿Acaso la respetable obra de Cristino de Vera, tiene algo que ver con la de Gaya? Evidentemente, no podemos justificarlas como similares hablando únicamente de temáticas compartidas, de estéticas del silencio o de poéticas al viento, es decir, de esa literatura impostada con la que en la actualidad se justifica hasta el mismo vacío. Evidentemente estamos hablando del sentido pictórico de la realidad y, desde luego, ambas obras resultan como el día y la noche para quien quiera (y pueda) verlas sin prejuicio o interés personal alguno.

No. Pensamos que trabajar con el legado cedido por Ramón Gaya a nuestra ciudad y para intentar que se comprenda realmente su significado, no se trata simplemente de llenar las salas del museo, ni de entretener a niños o mayores; no se trata de intercambios sin condición alguna, como tampoco puede tratarse del ¡¡cuánto se ha pintado y todo qué bonito!!, más propio de aplicados historiadores y grises gestores culturales ¿Para qué entonces su obra, su solitaria y sacrificada vida o sus escritos? Con Gaya se trata de la búsqueda de la autenticidad, de la verdad y de la vida en las obras de creación, ya sea en los museos más famosos del mundo, en los unipersonales del país o en las mismas “cavernas” en las que, actualmente, parecen haber vuelto a cobijarse los creadores más auténticos. Con Ramón Gaya no se trata del conocimiento, como tampoco del entendimiento; se trata del sentimiento, de la comprensión y, claro, de una fe.

Precisamente, una de las frases escritas por Ramón Gaya, con la que se ha querido ilustrar su pensamiento en la nueva sala dedicada a su faceta literaria, dice lo siguiente: “Seamos siempre en arte lo que en arte queremos y podemos. Cada día, pues, más exigencia, rigor y claridad con nosotros como artistas y con todo aquello que como artistas se nos relacione. Que podamos responder y siempre, de toda nuestra conducta artística; sepamos con seguridad y firmeza por qué y en dónde estamos; que nada, esto o aquello, debilite en nosotros obra, conciencia o destino.”

… Pues eso, que cada día más exigencia, rigor y claridad.


Juan Ballester


sábado, 21 de febrero de 2026

PALETISMO O MERCHANDISING (Sobre la nueva "escultura" del tatuador Ganga)

 


Habíamos sabido del tatuador Ganga y, sobre todo, de su actividad escultórica, cuando no hace mucho tiempo exhibió en el museo Ramón Gaya una interpretación escultórica de un cuadro del propio titular. Pues bien, hace unos días tambien se anunciaba, a bombo y platillo, la inauguración de otra “escultura” que regalaba a la ciudad de Murcia y que, en esta ocasión, había sido instalada delante de la Biblioteca Regional de Murcia.

 

En fin, hablar de que eso es una escultura y más en la ciudad de Salzillo, de Clemente Cantos, de Planes o de González Moreno, realmente suena a cachondeo, a pesar de que, poco a poco, la sinrazón teorizada trascienda toda lógica creativa: Escultura es todo lo que tenga volumen, ya sea en homenaje a los poetas o al 1.200 aniversario de la ciudad. ¿Y quién dice lo contrario?, como diría aquel.

 

Pero bueno, más allá del muñeco suspendido en el espacio y de la broma, ante esta nueva acción político/cultural nos surgen las siguientes dudas: ¿Para poder ser tenido como escultor en la ciudad de Murcia, sólo hay que ser famoso, aunque sea en cualquier otra disciplina? ¿Para poder instalar una escultura en medio de la ciudad, sólo tenemos que regalarla? ¿No existe ningun responsable, o adjunto al responsable, que pueda distinguir un ninot del David de Miguel Ángel?...

 

Realmente da mucha pereza tener que explicar la diferencia entre esa broma y una obra de creación, pero, es que, encima, la obra -según parece- ni siquiera está hecha directamente por él, sino que está realizada por un operario en un taller con impresoras en 3D o técnicas similares. Como, según parece también, la misma no es totalmente gratuita, sino más bien un intercambio de cromos, con tocomocho incluido: yo, afamado tatuador internacional y empresario textil, la pongo ahí sin que nadie me pague nada, pero, a cambio, en la base pongo el logo de mi marca de ropa y tatuajes y, de paso, monto en un espacio público una gala con la presentación oficial de mi ropa.


Claro que, al final, todavía debemos dar gracias porque no se le haya ocurrido a alguien instalarla sobre la fachada de Jaime Bort en Belluga. Teóricos para defenderlo y huevos para ponerla, nos sobran.




                                            El logo oficial de Ganga Tattoo Studio

miércoles, 28 de enero de 2026

UN FOTÓGRAFO DE VERDAD (Juan de la Cruz Megías en el Centro Párraga)

 

Espacio reservado a nuestro fotógrafo en la exposición Tutto Passa


Dentro de la exposición colectiva “Tutto Passa”, la cual puede verse en el Centro Párraga de Murcia hasta el próximo día veintiséis de febrero, nos encontramos en un “pico-esquina” de la sala de entrada con una veintena de imágenes realizadas por el fotógrafo murciano Juan de la Cruz Megías Mondéjar.

 

Es citar este nombre y a cualquiera que en esta tierra esté mínimamente interesado por la fotografía de autor, inmediatamente se le vienen a la cabeza sus fotos de boda, esos reportajes tan usuales de esta ceremonia y que suelen realizar -o solían- fotógrafos profesionales especializados. De hecho, los que ya peinamos canas, recordamos perfectamente a estos profesionales vestidos siempre de una forma elegante y acorde con la ceremonia que pretendían perpetuar, cámara en ristre y otra segunda con una óptica distinta, pero, ambas, equipadas con aquellos enormes flashes y su reflector de paraguas, cuyas pesadas baterías también se portaban colgadas al hombro.





En el caso de Juan de la Cruz, sus imágenes también obedecen al mismo tipo de patrón como fotógrafo de bodas. Incluso el mismo acabado de las fotos, en color y sin demasiado regusto por la perfección técnica y el lenguaje fotográfico, parecerían pertenecer a ese otro mundo más pragmático de la imagen y cuya función social se circunscribía al estrecho círculo familiar y poco más. Sin embargo, es su fina e irónica mirada lo que las convierte en uno de los documentos sociológicos más interesantes que conocemos. Es más, creemos que hasta la propia estética de las imágenes forma parte de esa historia tan particular que con ellas se pretende contar. Cartier Bresson revolucionó la forma de fotografiar en el siglo XX con tal fuerza y solidez, que aún son sus bases las que determinan la mayor o menor calidad de una imagen. De ahí que atreverse a salir hoy en día de estas bases y dedicarse a “contar”, sin recurso estético alguno, lo que uno mira y vive, necesita de mucha personalidad y, sobre todo, de mucho convencimiento en lo que se busca. Es por esto que consideramos el trabajo de este fotógrafo como algo distinto, como otra cosa diferente, seguramente como el verdadero y más profundo sentido de la imagen cuando es capaz de entregarse completamente a dejar testimonio de la vida y de la forma de ser de un pueblo frente a uno de los mayores hitos de su vida como son los matrimonios.


Juan Ballester





 

Juan Ballester

lunes, 19 de enero de 2026

VICENTE VIUDES EN LAS CLARAS (Unos juegos florales sin voz íntima)

 


En la sala alta de la Fundacion Cajamurcia (Las Claras), puede verse hasta el próximo día veinticinco de este mes una exposicion dedicada al pintor cartagenero Vicente Viudes, un artista del que tuve conocimiento por primera vez allá por los lejanos ochenta cuando me lo citó Ramón Alonso Luzzy utilizando la palabra "maestro".
Por tanto, los amantes del arte lo conocíamos, sabíamos de él, de su existencia, sobre todo a traves de este tipo de refencias y de algun que otro cuadro, pero no habíamos tenido referencias pictóricas suficientes para poder juzgar esa "maestria" hasta la muestra que le realizó el MUBAM en 2017 coincidiendo con el primer centenario de su nacimiento y, ahora, ésta de Cajamurcia comisariada por nuestro querido amigo Darío Vigueras.
La actual exposicion, creemos que basada -sobre todo- en fondos provenientes de colecciones privadas, aunque es totalmente oportuna y necesaria -el arte de nuestros artistas regionales debería ser expuesto de una forma recurrente con el objetivo de no ser olvidado y, de paso, poder ser valorado por las nuevas generaciones que no tuvieron esa oportunidad-, es totalmente oportuna, decíamos, aunque también pensamos que adolece de falta de informacion, sobre todo, en cuanto a sus fechas, algo que ayuda bastante a poder conocer y contextualizar el recorrido biográfico/pictórico del autor.
Pero, entrando en materia, a nuestro juicio esta pintura sobresale únicamente por su "personalidad", por su estilo, algo que es importante en el mundo del arte, pero no suficiente, ya que el estilo, de lo único que nos habla es de una forma externa de hacer. Claro, se puede tener mucho estilo, es decir, se puede ser muy constante en esa materialidad estética, pero jamás una adscripcion tan vehemente a las simples formas puede justificar una obra, por muy decorativa o famosa que nos parezca. Estas pinturas, tan luminosas, tan entretenidas como exóticas, tan clasificables en los estilos de moda de su época, carecen de profundidad, de sabiduria vital, de voz íntima, de trasfondo temporal..., sólo son unos entretenidos y hasta divertidos juegos florales.

Juan Ballester