Todo autor que a día de hoy pretenda construir una obra de arte a partir de la crítica sobre la pérdida de nuestra relación natural con el mundo, consecuencia de siglo y medio de existencia industrial, se encuentra ante una dificultad evidente: los recursos para expresar esa crítica han sido utilizados tantas veces que corren el riesgo de haber perdido su fuerza. Así, recurrir simplemente a materiales de desecho —ya sea acumulándolos, amontonándolos, colocándolos en cascada o adoptando cualquier otra forma de presentación— difícilmente basta para producir algo nuevo, incluso cuando esa elección viene respaldada por un discurso destinado a explicarla o legitimarla. La «ocurrencia», en el sentido que Gaya daba a este tipo de gestos, termina así convertida en una fórmula repetida, cuyo efecto no puede ser otro que el de una reiteración cada vez más tediosa.
Evidentemente, la idea no es nueva. Ni siquiera reciente. Hace más de cien años, durante las décadas de 1910 y 1920, dadaístas como Hannah Höch —de la que, por cierto, existe en nuestra región alguna que otra seguidora—, Raoul Hausmann o John Heartfield ya utilizaban fragmentos, objetos encontrados y materiales de desecho para cuestionar la sociedad industrial y de consumo.
A esto nos referimos al hablar del montaje “Liturgia del Desecho”, presentado por el artista Rafael Fuster en la capilla desacralizada del antiguo edificio de la Convalecencia, hoy sede del Rectorado de la Universidad de Murcia, una muestra programada por el anterior equipo rectoral. Un montaje que, pese a ciertos aires de impostada sensibilidad y su correspondiente manual explicativo, nos deja perplejos, no sólo por su falta de originalidad, sino también por su mismo contenido y continente. Y no porque se haya empleado el desecho como materia o como tema, ni, obviamente, porque seamos insensibles al problema que pretende denunciar, sino por algo mucho más elemental: por su evidente artificiosidad, algo que se nota hasta en la minuciosa y falsa colocación de los propios objetos de desecho utilizados.
Pero, llegados a este punto, lo verdaderamente preocupante no es lo que cualquiera que se declare artista pueda hacer con su obra, decir sobre la misma o presentar públicamente. En una sociedad donde el “relato” ha terminado imponiéndose a la obra y la imagen de la realidad a la realidad misma, eso entra dentro de las libertades de cada cual y, por tanto, de las posibilidades y desgracias de nuestro tiempo.
Lo preocupante, a nuestro parecer, es que el artista del que nos ocupamos sea el actual director del Museo Ramón Gaya, con todo lo que eso conlleva, no sólo por su evidente contradicción estética y creativa con la del titular del museo que dirige -Ahora entendemos ciertos giros expositivos que vienen produciéndose desde su llegada a este museo tan especial-, sino tambien con una falta de delicadeza y contención ante el también evidente abuso de poder que supone poseer un cargo público cultural en un determinado lugar y dedicarte, al mismo tiempo y de forma particular, al mundo de la cultura de ese mismo lugar. Y, por cierto, sin que sepamos, a día de hoy, qué necesidad o trayectoria justifica semejante exposición, ni qué demanda pública pretende satisfacer, más allá de a sus propios amigos, colegas o parientes.
Juan Ballester
Liturgia del Desecho







