Cartel anunciador de la mesa redonda
Aunque a uno no le interesen determinados autores o propuestas artísticas, eso no impide que te puedan interesar los argumentos o las explicaciones que puedan dar al respecto esos autores o responsables de las mismas. Por ejemplo, puedes asistir a oír las entretenidas y cultas reflexiones de Carmen Cantabella sobre su trayectoria artística, así como las poéticas palabras de su presentador, Manuel Madrid y, sin embargo, pensar que estamos ante una obra sin valor pictórico alguno. Pensar y decir, claro está.
Pero, ojo, no se trata de maldad, ni de masoquismo; simplemente se trata de intentar reafirmar unas convicciones propias o, si se tercia, de intentar cambiarlas de sentido, si es que uno llega a convencerse para ello. Todo sectarismo, sin unos argumentos justificativos que lo avalen, creemos que es tan pobre y vacío como aquello otro que se pretende descalificar.
El jueves siguiente, la misma Real Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca, institución que había invitado a Cantabella, organizaba un nuevo acto en el MUBAM. En esta ocasión se anunciaba una mesa redonda para hablar -o dialogar- sobre “Un siglo de Pintura en Murcia 1020/2020”, con motivo de la publicación y la exposición en El Almudí que sobre ese trabajo había realizado el historiador Martín Páez Burruezo, a la sazón, presidente de la institución convocante. Junto a él, se encontraban los también miembros de la propia Academia: Esteban Campuzano, Juan García Sandoval, Pedro Manzano y Vicente Martínez Gadea.
En general y hasta donde uno pudo asistir, creemos que el acto podría haberse mejorado bastante. En una reunión con el tiempo tasado para hablar sobre todo un siglo de Pintura, creo que la idea de ir citando uno a uno a la mayoría de los artistas, sus cualidades, tendencias e influencias, virtudes estéticas, etc., etc., aparte de aburrir un poco, no consiguió nada más que impedir que se produjera el verdadero interés de la convocatoria, o sea, que el público asistente pudiera oír -si no participar también- en unas amplias y diversas reflexiones personales de los convocantes sobre todo ese largo proceso de nuestra historia, máxime cuando la de Murcia tuvo hacia los años veinte/treinta del siglo pasado un peso importante en el panorama cultural de la nación. Por cierto, qué manía con catalogar esa época como “La Edad de Plata del siglo XX” imitando con ello al gran gurú del arte actual en Murcia. ¿Cuál será entonces la de oro? Menos mal que Vicente Martínez Gadea debió percibir algo en las caras del público asistente y optó por obviar su lista y deleitarnos con sus propios pensamientos sobre la época que le tocaba exponer. Un acierto que se agradecía.
De Martín Páez, iniciador de ese innecesario desglose inventarial de artistas que se nos avecinaba, me gustaría comentar dos puntualizaciones que hizo en su introducción al acto como presidente de la Academia y, sobre todo, como responsable último del tema que se iba a tratar. Primero, cuando criticó -no sin cierta vehemencia- la postura de Ramón Gaya al descalificar en cierta ocasión la obra y la figura de Joan Miró. Hombre, aquello, no sólo sonó un poco fuera de lugar, sino que fue expuesto sin argumento o explicación alguna, más allá de un evidente y visceral rechazo a ese juicio del pintor murciano.
Es verdad que Ramón Gaya ridiculizó en más de alguna ocasión a Miró -por cierto, las que uno presenció, fueron bastante oportunas, inteligentes y con sentido del humor-, pero creo que lo hacía por derecho, es decir, de forma pública, que lo hizo desde siempre y, por supuesto, con argumentos. Aparte de por el conjunto de toda su obra -pictórica y literaria-, ¿nos puede parecer poco argumento el hecho de haber renunciado, con tan solo diecisiete años, a una prometedora carrera dentro de las vanguardias tras haber entendido, ya en 1927, que el camino del arte estaba equivocado y que de lo que se trataba era de la necesidad de volverse hacia El Prado para intentar retomar el “hilo perdido de la Pintura?
Y en segundo lugar y sin saberse muy bien por qué lo mencionaba en ese momento de su introducción, también vino a aclararnos que una cosa es lo que opina un artista sobre su arte, o sobre la mayor o menor importancia de su obra y, otra, lo que puede decir un historiador, alguien ajeno y distanciado a esa obra y cuya misión viene a objetivar datos, fechas, hechos, estilos, circunstancias, éxitos sociales…, o algo así nos dio a entender, creo. ¿Y?
¿Querría decirnos con eso el amigo Martín que un buen historiador no tiene por qué juzgar los valores intrínsecos y profundos de una obra de creación? ¿Acaso historiar el arte no es más que inventariarlo con una venda puesta sobre los ojos para no tener que mojarse? ¿No citaría como “Edad de Plata” al período de los años treinta, para no tener que devaluar el sentido último de su propuesta expositiva en la que prima el “cuánto se ha pintado y todo qué bonito”?
En fin, lo importante y principal es que nos encanta asistir a los actos de la Academia, sobre todo si de paso aprovechamos para volver a ver “Mientras rule no es chamba”, de José María Sobejano, con un tema tan murciano y un título tan metafórico sobre nuestra popular y algo cómica idiosincrasia.
Juan Ballester